El
parecido entre el hombre y los mamíferos marinos es asombroso
y revelador.
Básicamente, lo que ellos y nosotros hacemos para sumergirnos
es suspender voluntariamente la respiración. En este proceso
el organismo se debe adaptar fisiológicamente a varios factores.
El primero de ellos es la falta de oxígeno, del que dependemos
en forma vital. El segundo factor de adaptación es la presión
a la que se somete el cuerpo al sumergirse. Y el tercero es el frío,
al que el hombre no puede adaptarse y soporta por lapsos de tiempo muy
cortos; a diferencia de los cetáceos que han desarrollado capas
de grasa aislante, entre otras cosas como su sangre caliente, que les
permite soportar fríos polares.
Como forma de adaptación a la falta de oxígeno podemos
mencionar la bradicardia (descenso de la cantidad de veces que late
el corazón por minuto). Es algo que podemos comprobar fácilmente
en la pileta con un POLAR (cardiotacómetro). Hemos visto que a partir del minuto de apnea
la frecuencia cardíaca desciende involuntariamente de una forma
drástica. También sabemos que aplicando agua fría
en la cara se produce el mismo efecto.
Otra forma de adaptación es la concentración de la irrigación
sanguínea sobre los órganos vitales (como el cerebro,
pulmones, hígado, corazón, etc.), dejando a la periferia
con una baja cantidad de sangre. Esta forma de adaptación se
ha estudiado sobre campeones récord (actualmente cerca de 190
m. de profundidad) de apnea. Que con años de entrenamiento lograron,
también, soportar las grandes presiones de las profundidades
(debemos considerar que a 100 m. el cuerpo recibe una presión
de 11 kg. sobre centímetro cuadrado). Como el aire que llevamos
dentro de los pulmones es compresible, y estos son flexibles, a medida
que se va descendiendo van perdiendo volumen interno, hasta que la presión
hidrostática hace que sus paredes se peguen y la presión
negativa no permita restablecer su forma primitiva durante el ascenso.
Para evitar este inconveniente inundan sus pulmones con plasma y evitan
que las paredes entren en contacto.
Como
podemos ver, todo es cuestión de costumbre. El hombre, que hace
tanto tiempo anda por la tierra y sin una necesidad de alimentación,
logra copiar algunas destrezas que los mamíferos acuáticos
han desarrollado durante miles de años. Imaginémonos qué
pasaría si tuviéramos que bajar a los abismos a proveernos
de nuestro alimento.
Un ejemplo contundente de ello son las ballenas como cachalotes y zifios
que buscan calamar a profundidades insólitas.

De
estos últimos se han hecho estudios que revelaron su capacidad
de bajar a 1500 m. por lapsos de una hora. Los zifios -o nariz de botella- habitan aguas retiradas de la costa del
Atlántico Norte. Es un cetáceo de mediano tamaño
que llega a pesar 5 toneladas y a medir unos nueve metros de promedio.
Se cuenta entre los animales más inteligentes del planeta.

Otro mamífero poco conocido es el manatí -o vaca de mar-,
del orden de los sirénidos. Es un animal muy amistoso del que
se ha comprobado la necesidad de contacto físico con los de su
especie; lo que los ha convertido en presa fácil de su mayor
depredador: el hombre; llevándolo a engrosar las listas de especies
en vías de extinción. Este mimoso llega a vivir unos 50
años, mide 3 m. y pesa unos 450 kg. al llegar a la madurez. Se
han encontrado restos fósiles en la zona del Amazonas que datan
de 20 millones de años; por lo que se creen de ahí originarios.
Luego se dispersaron por el Caribe (México, Belice, Península
de Florida). También los podemos ver pastando en las costas oeste
y este del África, norte de Australia y costas suroeste del Pacífico.
Adeptos al agua dulce, también se los puede encontrar en zonas
costeras de agua salada, donde encuentran pastos marinos y algas que
son su medio de subsistencia.

Luego de leer el texto previo cabe la pregunta:
El hombre,
que tiene un cuerpo compuesto por un 75% de agua, que la composición
de su plasma es muy parecida al agua de mar, y que vive en un planeta
mal llamado Tierra porque tiene un 75% de agua . . . podría adaptarse
completamente al medio acuático si le diéramos un tiempito,
digamos de unos 20 millones de años como el manatí? |